jueves, 23 de junio de 2011

Cosas de niños

Leo en un artículo que un caballero de 25 años murió a causa de 7 impactos de balas. El asesinato es el susto que -por favor- había pedido su novia a unos amigos le dieran al chico, por haber publicado fotos privadas de ambos en Internet.

Lo que hasta aquí no se puede poner en duda es la amistad de la chica con sus amigos, quienes como valor agregado, en vez de uno le dieron 7 impactos al hombre. (Impactos de balas, eso sí. Pero impactos al fin). Así pues, hoy en día la dama se puede dar el doble de complacida porque a aparte del favor concedido, tuvo sin querer la oportunidad de sellar con sangre una amistad entre quienes de aquí en adelante -se presagia-, tendrá muchas cosas en común.

Con respecto al resultado, hay quien dice que la chica no quería llegar tan lejos. Hipótesis cuestionable porque a menos que quieras exactamente lo contrario, de la misma manera que no se te ocurriría nunca pedirle a un tigre que fingiera atacar a un jabalí, no le pedirías a alguien que tiene un arma de verdad que simule –por favor- usarla en escenas de mentira. Claro que eso –hay que aclarar- lo pensamos nosotros. Los mismos que generalmente no nos tomamos la licencia de dar escarmientos a nadie, ni pensamos que la mejor forma de resolver problemas sea dar sustos y mucho menos, que incluyan armas.

Dicho esto, la hipótesis ahora no parece tan disparatada. Probablemente es cierto, la chica no quería llegar tan lejos. Aunque si la cuestión es así, todo el asunto se reduce a una cosa de niños.

El cuadro general es inquietante. El novio era un Policía Nacional que publicó fotos íntimas en internet, una actitud inmadura en toda regla: esa que diluye la línea que divide lo pertinente de lo que no lo es. La novia, que a juzgar por sus intenciones y los favores que pide, comparte esa actitud infantil. Y sus amigos, incapaces de decir no ante semejante petición, desde luego no son mucho más maduros.

Uno de los problemas de una sociedad inmadura, es que es una sociedad potencialmente violenta, en el sentido de que desconoce el procedimiento lógico de resolución de conflictos y posee una sensación individual de omnipotencia –propia de la época infantil- bastante peligrosa.

Lo alarmante de los 3 casos aparte de la inmadurez, es que legal o ilegalmente, directa o indirectamente, todos tenían acceso a armas de fuego y como es bien sabido, generalmente no se tiene un arma para no usarla. La necesidad que impulsa a la adquisición de una, frecuentemente es la misma que impulsa a usarla una vez que se tiene. (Como el tigre de antes, que no tiene garras y colmillos para nada).

No saber controlar impulsos agresivos –naturales- de pequeños es algo. No saber controlar impulsos agresivos de adultos –igual de naturales, pero distintos en proporción- y manejarlos como si de un niño chico se tratase, es otra cosa.

Del caballero podría creer que ha muerto para renacer y vivir una segunda oportunidad de disfrutar –en el momento adecuado- el temporalmente justificado desconocimiento entre lo que es pertinente o no hacer. Pero no confío en ello.

Por lo demás, a la chica y a los amigos les espera la cárcel. Una cárcel, que para mal de males, es una cárcel Venezolana. Sitio que puede o no ser todo lo que usted se imagine, pero sin duda alguna, no es sitio para niños.

Noticia completa

lunes, 2 de mayo de 2011

La otra cosa

Tengo la creencia de que las palabras y el dinero -dos cosas tan disímiles entre ellas- comparten propiedades. Así como el billete lleva impresas palabras en él, las palabras llevan también implícitas un valor (como el billete, el suyo). A ese valor como no es monetario le llamaré, valor informativo. La propiedad que comparten la economía y la dialéctica sería entonces, la de la conservación del valor.

El asunto obedece a dos principios, el primero; es que ni el dinero ni las palabras son cuestión biológica, de lo contrario harían mitosis. El segundo es que ambos -entendemos- no son en sí mismos, sino la representación de otra cosa.

Ahora, cuando tengo un mensaje comprendo que éste tiene un valor informativo global, por lo que cada una de las palabras que lo componen tienen un valor informativo unitario exacto. La multiplicación de este valor informativo unitario, no dependerá de la multiplicación de las palabras sino del valor informativo del mensaje.

De ésta manera (1) Si el valor informativo global es alto, la multiplicación de palabras implicará la multiplicación del valor informativo unitario, por lo que el agregado de palabras enriquecerá el mensaje principal. Caso distinto es, (2) si el valor informativo global es bajo, donde la multiplicación de palabras devendrá en la división del valor informativo unitario. En esta circunstancia, una multiplicación muy alta de palabras dejará a las unidades con un valor tan pequeño, que el mensaje terminará por debilitarse o por diluirse del todo.

Con el dinero pues, sucede lo mismo. El billete -se sabe- es la representación de otra cosa. Si esa otra cosa es al billete, lo que el mensaje global a las palabras, tenemos que el valor del billete dependerá del valor total de esa otra cosa que representa. Así, de manera inequívoca un alto valor de esa otra cosa será favorable para el valor de cada billete y un valor bajo, será perjudicial.

Se entiende entonces que el valor del dinero y el de las palabras, será siempre favorecido en tanto lo que representen constituya en sí mismo un valor considerable. Si mi mensaje es de poco valor de nada servirá agregarle un 25% más de palabras al discurso, porque aparte de decir menos lo haré con más palabras.

Cuando lo que se tiene es un discurso pobre lo que se debe cambiar no son las palabras en sí, sino esa otra cosa que está encargado de representar y esto, oiga usted, es una verdad como una casa y además harto conocida por los que pueden hacer algo al respecto, pero de la que ninguno -especialmente de ellos- quiere hablar.

Triste, es verdaderamente muy triste, por muchos billetes de 100 que vea ahora en su billetera, que dicho sea de paso -me atrevo a afirmar- de seguro no serán muchos.

Noticia Completa

viernes, 25 de marzo de 2011

La Pesadilla

Henry Fuseli pintó en 1781 La Pesadilla. Allí escenificaba la intrusión de un demonio en el sueño femenino. No fue el único cuadro que pintó al respecto, pero sí el más emblemático de su interés en el tema. En la pintura una mujer está tirada, inconsciente y sensual y sobre ella, está un demonio en cuclillas. A la izquierda de espectador, un caballo.

Al ver la pintura se deducen el drama y el erotismo como intereses del artista, así como también el terror y lo nocturno. No obstante, si algo manifiesto hay en el cuadro es la particular inquietud del pintor por el tema principal. Se sabe que la parálisis del sueño es la molestia específica que se representa en la obra y cuando se la ve, se percibe fascinación hacia el asunto (que para entonces el saber popular atribuía a un demonio que se sentaba sobre quien dormía y le inmovilizaba). Algo incita a sospechar que muy probablemente Fuseli la padecía. En todo caso, que el fenómeno constituyese -por la razón que fuese- un foco de atención e interés en él, es incuestionable. De allí la preocupación y el afán por su reproducción. 

230 años después, soy partícipe -por proximidad- de una conversación en la que un muchacho contaba que le había pasado algo muy raro; había tenido un sueño en el que alguien lo sostenía y no podía moverse sino hasta que la persona que lo presionaba se fue, -era desesperante y muy extraño, como si estuviera despierto- dijo y yo le entendí, porque eso a mí me pasa desde que tengo uso de razón. Es común -contesto- y la explicación es que tu cerebro sueña sin estar dormido del todo.

-¿Sí?
-Sí (...)

Él, con claro escepticismo hacia lo que digo y con muchas más ganas de hablar que yo, me contó que era primera vez que le pasaba esto y que a quien le había pasado era a su hermano, que cuando se despertó estaba todo rasguñado y nadie sabe cómo se lo hizo(...) También existe algo llamado sonambulismo -le cuento- a lo que responde con evidente convicción: a mi me habían dicho que eso sucedía cuando las brujas se enamoran de un hombre y lo fastidian mientras está durmiendo(...) Me callo y le miro sin prácticamente ningún gesto en la cara, a lo que reacciona: eso dicen, hace una pausa y continúa con su explicación.

Y aunque parezca mentira, yo en esa conversación, ni hablaba con un pintor, ni había retrocedido a la Europa de 1781. Estaba en el 2011, en una Universidad, en la Facultad de Ciencias, hablando con un estudiante de 9no semestre de Psicología, en medio de una anécdota que me habría gustado -de ser posible- escuchar hace 2 siglos atrás, o como mínimo de la boca de un artista inspirado a punto de iniciar una importante obra; el cuadro donde reproduce el más explícito reflejo de una psique hundida en un alucinatorio mundo interno siempre al servicio del arte y no de boca de quien debería estar al servicio de la ciencia, que cuando se topa con lo que le dará de comer mañana, pareciera que habla de los deseos sexuales de un suizo de creencias satánicas con sus mismas molestias oníricas.

Yo, por si acaso miro a los lados, no vaya a ser que me encuentre un caballo mal parado, mirando cómo hay veces que prescindiendo de demonios, la mente permanece inmóvil, sin importar cuanto gire el mundo alrededor.